Es una anécdota extraña, pero cada par de meses vuelve a mi cabeza. Hace ya un tiempo, por el año 2011, el presidente Barack Obama visitaba distintos países de Europa en busca de afianzar vínculos. En Polonia lo esperaba el primer ministro Donald Tusk con un regalo, como suele ser costumbre en estos casos, y el regalo en cuestión era The Witcher 2: Assassins of Kings. Se trata de un videojuego desarrollado en la región, adaptación de una serie de novelas también polacas. Un clásico instantáneo. Sigue impresionándome que se haya vuelto un símbolo de tal orgullo para Polonia, incluso si de alguna manera lo comprendo. Un juego de fantasía que logra discutir temáticas sociales y políticas, pero que, más importante, también es el fruto de un talento y de un liderazgo que merecen ser destacados con esta clase de tributo. El reconocimiento apropiado para una pieza cultural. Como si fuera el intercambio de camisetas al final de un partido de fútbol, Tusk eligió The Witcher para representar a toda la nación y eligió bien.

Pero hace que uno se ponga a pensar en aquello que nos rodea. Si nosotros estuviéramos en una situación similar, ¿cómo sería el juego sobre el que depositar el peso de ser embajador? ¿Hay muchas opciones entre las que elegir? ¿Qué hace a “un juego argentino”? Todas preguntas que llaman la atención cuando consideramos la importancia que se está otorgando al desarrollo de videojuegos dentro del país, con becas, cursos y oficinas que continúan apareciendo, en el margen donde los medios audiovisuales e interactivos ganan mayor protagonismo. Buscar las respuestas a estas preguntas se vuelve interesante, pero es un ejercicio que pide cierto grado de abstracción y que casi obliga a generalizar mucho.

Tal vez se vuelve más fácil cuando se aplica a situaciones ajenas. Sabemos que los videojuegos con origen en Japón, al igual que el anime, suelen involucrar protagonistas adolescentes que dudan acerca de su valor propio, incluyen mucho diálogo escrito y conceptos como trabajo en equipo. Tienen, también, un ritmo muy particular que algunos considerarán “lento” y, en promedio, una duración que excede las 30 horas. Dependiendo del juego, tal vez aparezcan pechos que rebotan. De vuelta, esto es en términos generales, reconociendo que se dejan de lado muchos ejemplos que no cumplen con esa descripción. De manera similar, los juegos de Estados Unidos también comienzan a exhibir un patrón. Por lo general, el héroe es un hombre blanco heterosexual que se abalanza entre explosiones. En los peores casos, la visión en primera persona impide saber como quién se juega durante unas 6 horas. Clichés, fórmulas, elementos que se repiten y que logran dejar una firma propia; para bien o para mal, establecen una identidad a nivel región, algo a lo que aferrarse. ¿Qué es lo que se puede decir de Argentina?

Existen estéticas e intereses que se repiten, tal vez de manera consciente o insconsciente, producto de nuestra cultura. Puede ser útil mencionar una cierta orientación hacia el terror, con muchos juegos contemporáneos que lo tienen por ambientación. Asylum, The Hum, Perturbia, Hidden – The Untold, NoseBound, todos juegos de los que cuales deberíamos estar escuchando mucho más en los próximos meses y que comparten un interés por lo macabro y por los pasillos oscuros. Es posible que, como en Alemania, lo tenebroso se vuelva determinante en nuestros videojuegos, pero lo cierto es que todavía no hay suficientes juegos terminados como para formar una opinión que no sea apresurada.

Hace falta ver una mayor cantidad de trabajos antes de llegar a conclusiones, pero se puede comenzar por el rejunte hecho el año pasado: el Bundle Argentino de Videojuegos. Tengamos en cuenta su dificultad de encontrar categorías. La página principal exhibe múltiples columnas, con pocos ejemplos cada una, que intentan agrupar los juegos por algunos factores comunes. Pero se vuelven imposible de catalogar, pues los resultados son muy variados. Muchos desarrolladores empezaron a trabajar a partir de lo que conocen, de aquello que les gusta y que los involucró en el desarrollo en primer lugar, por lo que acaban presentando juegos familiares, alteraciones de aquella inspiración original. Otros optan por una visión más abstracta, artística, lo que podría indicar un lado sensible que exprime el medio en direcciones nuevas e interesantes. La mayoría de las obras expuestas pueden catalogarse a grandes rasgos como “Arcade”, al igual que en el origen de los juegos mismos, tal vez cumpliendo con un microcosmos local donde se replica la historia de los videojuegos a nivel global. Todo termina siendo una bolsa enorme sin hilos comunes. Es injusto, entonces, declarar un patrón.

Es contraproducente también llevar esta postura al extremo y demandar que cada producto sea representativo de sus orígenes, por supuesto. No estoy pidiendo que todos muestren el Cabildo en el fondo o que pasen a hacer sólo juegos de gauchos (aunque no es mala idea releer el Martín Fierro, buscar la lógica de sus escenas y tomar algo de inspiración). Por el contrario, no se debe forzar. La identidad no es algo que se pueda perseguir, sino algo que se revelará cuando los videojuegos hayan alcanzado masa crítica. Nos encontramos frente un proceso en su infancia, que crece muy rápido y que está por volverse interesante. Este año, 2015, es un año bisagra. Va a contar con el lanzamiento de muchísimos juegos locales, y no puedo esperar a ver qué muestra cada uno, cuál es el mosaico que se termina formando. Porque sé que se puede transmitir una gran cantidad de mensajes en este medio, y también sé que tenemos muchas cosas para decir.

Creo firmemente que sería interesante reconocer la voz de los videojuegos en Argentina. Encontrar cuál es el ritmo que se establece, quiénes pueden ser los héroes, qué intenciones se manifiestan dentro. Averiguar qué perspectivas se toman acerca de determinados asuntos, o si se refleja nuestra crianza de alguna forma en los juegos que se desarrollan. Este es el momento para seguir trabajando duro y entregar buenas respuestas:

¿Cuánto tiempo falta hasta que podamos demostrar una identidad?

Más importante, ¿qué juegos van a presentar ustedes?

Author Alejandro
Published
Categories Industria
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Comments (2)

  • Profile photo of Grimtronix
    Miércoles, Abr 22 2015 3:08PM at 3:08 PM Reply
    Muy bueno la verdad inspirador y deja mucho que pensar.
  • Profile photo of David T. Marchand
    Viernes, Abr 24 2015 12:58AM at 12:58 AM Reply
    Recuerdo escribir al respecto hace… fah, un año. No estoy totalmente contento con cómo lo abordé pero me gustó poder hablar de algo de lo que se habla tan poco. Las respuestas discrepantes que más recuerdo a mi texto (“Mecánico Macondo”) o bien descartaban la construcción de una identidad autóctona como proyecto deseable (mi representación injusta sería “che David qué problema tenés con la perfecta identidad extranjera que ya desarrollamos”), o bien se mostraban a favor de una identidad propia pero temerosas de que saliera forzada, con énfasis en dejar que nuestra identidad se desenvolviera naturalmente (“che David yo también creo que esto tiene que pasar pero mejor no hagamos nada para fomentarlo activamente, ¿no?”). Y sí, es posible que construir identidad sea un despropósito, pero entretengamos la idea un poco. Al fin y al cabo, al menos en el contexto de la política argentina, reclamar identidad es… parte de nuestra identidad. Lo primero que se me ocurre agregar es que toda identidad es una construcción histórica y, como tal, implica movimientos forzosos en todas las direcciones del tiempo. Forzamos interpretaciones de obras pasadas, planteamos categorizaciones de obras presentes, proponemos proyectos para entablar obras en el futuro. No hay manera de construir identidad sin hacer estas cosas, así que la cuestión no es ser completamente honestos (porque eso implica describir todo como parte de un continuo incategorizable sobre el que no se puede analizar nada) sino hacer lo que hay que hacer de la manera más honesta posible. La literatura argentina (por usar un ejemplo que conozco) empezó también de manera inconexa y fue un esfuerzo de generaciones dibujar una genealogía que intentara trazar una identidad propia. En 1941 le negaron a Borges el Premio Nacional de Literatura, admitiendo que su cuento era técnicamente superior a los demás, pero argumentando que no respondía a lo que se buscaba de la literatura de acá. El Borges temprano no paró de tratar de averiguar cuál es el castellano en el que escriben los argentinos. Y el Borges tardío ya tenía suficiente peso cultural como para empujar su idea de la identidad literaria argentina hacia algo que respondiera más a sus gustos/intereses. ¿Alguien sabría decir, sin embargo, después de al menos un siglo de puja, qué es la identidad literaria argentina? ¿O la latinoamericana, para el caso? A nadie se le hubiera ocurrido el realismo mágico sólo con pensar “a ver ¿cuáles son los componentes distintivos de la cultura latinoamericana y cómo podrían expresarse en palabras?” porque el realismo mágico es el resultado de un proceso complejo que además tuvo cierta autonomía, no es una cuenta sencilla. Y sin embargo ante la pregunta que nos convoca hoy, muchos tomamos ese mismo camino: ¿cuáles son los componentes distintivos de la cultura latinoamericana y cómo podrían expresarse en mecánicas? ¡Me encanta que nos lo preguntemos! Pero no olvidemos que la respuesta que, si la historia nos enseña algo, es que esta identidad nunca va a estar del todo definida, siempre va a ser disputada, e incluso cuando parezca definirse con particular claridad lo va a hacer como resultado de un proceso complejo al que contribuimos con estas discusiones y con los juegos que hacemos, y con lo que opinamos de lo que se hace en el resto del mundo. P.D.: Es obvio que a Obama le tenemos que regalar un T.E.G..

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